25 de enero de 2008
Un paréntesis no literario
Cuando hace más de un año inicié la aventura titulada La ultima tentación, en honor a la célebre novela del griego Niko Kazantzakis, no tenía en claro el rumbo que tomaría esta página; es obvio que por aquel entonces tampoco tenía una noción clara del estilo que pensaba utilizar para iniciar la tarea impuesta en aquel momento. Cierto es que asumí la responsabilidad de escribir una cuartilla diaria como mínimo, pues era pertinente demostrarme cuán capaz era para lograr ese propósito. Así, durante al menos cuatro meses mantuve vivo el interés de sentarme todos los días frente a una computadora para escribir cosas que tal vez no eran del agrado de todos, o que, en su momento, ni siquiera fueron leídas. Comentarios de amigos y conocidos me demuestran que, pese a todo mi escepticismo, este espacio recibía visitantes, sino constantes, atentos a los primeros intentos de este escribidor.
Con el paso del tiempo las cuartillas fueron disminuyendo, a la par de la ingenuidad con la cual me sentaba frente a la pantalla. Lo que en su momento fue desparpajo, poca ilación de las ideas, y una visión cómica para describir el diario acontecer de esta surrealista tierra, fue tomando cierta consistencia que ha cuajado, pienso yo, en algo que, orondamente, debo decirlo, es un atisbo de estilo personal.
Ese estilo, sin embargo, no ha sido muy practicado en días recientes. Ello se debe a muy diversos factores, entre los cuales conviene anotar, en primer lugar de la lista, a la hueva. Ya en la primer entrada, capítulo, o como sea que usted prefiera llamarlo, de este blog, anunciaba la imposibilidad de la escritura que tenía el maestro Arreola para sentarse a escribir su Bestiario, y todo por culpa de la enfermedad de los huevos de oro.
No es la hueva, hay que decirlo, la única culpable. Y no lo es porque justo el año que acaba de terminar significó una serie de problemas que fácilmente pude haber sorteado, entre ellos el amor, mismo que, seamos sinceros, prefiero tener a mi lado. Así es, señoras y señores del jurado, amables lectores, distraído paseante que por accidente escucha estas confesiones que a la larga serán de su agrado. El año 2007, suma que espanta y sin embargo resulta tan insignificante, arrojó para mí una experiencia de nombre Sihara Nuño, la cual, brindémosle su crédito, anunció desde un principio cuán dañina sería para la salud de quien esto escribe. Un reproche a estas alturas resulta innecesario, pues, en honor a la verdad, los momentos gratos que pasamos, incluida la noche donde su anatomía hizo aparición en la ciudad de Querétaro, o los prodigios de su cuerpo junto al mío, así como las letras e ideas que entre ambos concebimos, valen más que ese silencio inexplicable de su parte.
Menudo problema es, pues, el del amor, como para pensar, de forma ingenua, que será resuelto en unas cuantas líneas. Preferible es, entonces, abordar otro problema sabiendo de antemano la inutilidad de encontrarle solución. La cuestión es ¿qué discutir? ¿Mi perenne idealismo? Este puede ser un tema que dé para mucho, pues vaya que este año que recién termina estuvo tupido de inconvenientes ocasionados por ese afán de buscar la utopía. Fue por eso que enfrenté al sistema, esa máquina que devora hombres y defeca locos, sobre todo si esos hombres no poseen un espíritu débil y manipulable. La impresión que me deja esa lucha es la de una soledad muy grande.
Es entonces que llegamos al punto medular del asunto. Y es que yo no lo sé de cierto, pero, hasta donde recuerdo, hace bastante tiempo que no sentía al viento correr a ambos lados de mi cuerpo. La mía, debo decirlo, es una soledad muy extraña, pues aún cuando mis amigos están conmigo, y vaya que los tengo y muy buenos todos ellos, pienso que caminar con el aire como única compañía no es muy sano para la salud emocional del individuo en cuestión.
Así las cosas, seguiré esperando la llegada de
Cristina, mi equivalente de la dantesca Beatriz...