martes, 24 de mayo de 2011

24 de mayo de 2011
Ni sus luces...
De noche, bajo la luz de la calle, dos señoras que terminan su jornada laboral se encuentran esperando el autobús que las lleve a casa. Aunque agotadas, su semblante es alegre, seguro por el gusto de encontrar un rostro conocido y amigable a estas alturas del día. Luego del saludo, las mujeres abordan su transporte y yo subo tras ellas.
Las pierdo de vista, pero sus voces comienzan a resonar dentro del vehículo: tímidas al principio, mientras hablan de ellas, de cómo han estado y qué han hecho en este tiempo; levantan la voz, cuando se interpelan por la falta comunicación, y se tornan estridentes al final, cuando la burbuja que era su mundo compartido explota y dan comienzo a una larga perorata sobre aquellos conocidos que no están ahí. Las voces se transforman en el proceso. No es sólo el gradual aumento en decibeles, es una metamorfosis que opera en ellas: primero son voces claras, luego sonidos nasales que poco a poco cambian a algo gutural.
Me distraigo; dejo de prestar atención a aquellas voces que iluminaron aún más la noche y de pronto sólo percibo algo parecido a un ruidoso susurro, si es que vale la expresión. El conductor apaga las luces, última parada, grita. Dejo mi asiento y abandono el autobús. Al bajar, dos cucarachas apresuran el paso, como si también hubieran entendido el llamado. Mientras camino por la calle, me pregunto qué habrá sido de las señoras, de las cuales no quedaron si sus luces...

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