09 de agosto de 2011
El paraíso perdido
martes, 9 de agosto de 2011
domingo, 7 de agosto de 2011
07 de agosto de 2011
La chica de mis sueños
Te voy construyendo a fragmentos. En en el perchero encuentro tu sombrero; en el oleaje de las sábanas un arete y el anillo de plata; unos cabellos en mi almohada y tus caricias en mi piel. En el piso tus zapatos me hacen seguir y adivinar tus pasos. Voy de nuevo a la cama, esperando encontrar tu anatomía.
Despierto: vestigios de maquillaje en las almohadas. Poco a poco, a fragmentos, te voy sacando de entre mis sueños...
Te voy construyendo a fragmentos. En en el perchero encuentro tu sombrero; en el oleaje de las sábanas un arete y el anillo de plata; unos cabellos en mi almohada y tus caricias en mi piel. En el piso tus zapatos me hacen seguir y adivinar tus pasos. Voy de nuevo a la cama, esperando encontrar tu anatomía.
Despierto: vestigios de maquillaje en las almohadas. Poco a poco, a fragmentos, te voy sacando de entre mis sueños...

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miércoles, 13 de julio de 2011
lunes, 13 de junio de 2011
martes, 7 de junio de 2011
lunes, 6 de junio de 2011
jueves, 2 de junio de 2011
02 de junio de 2011
Después de la tormenta
Vuelve la mirada y dime ¿qué ves?
Eres el boxeador entrenando en la playa,
lanzando ganchos de izquierda al aire...
"El boxeador" E. Búnbury
El huracán pasa. Poco a poco la gente abandona sus refugios y da la espalda a la devastación. El boxeador hace lo mismo con la gente y los despojos. Frente a las costas, aún se debate en una pelea perdida de antemano; lanzando ganchos de izquierda, se rehusa a aceptar que la fuerza de la naturaleza puede más que él...
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lunes, 30 de mayo de 2011
viernes, 27 de mayo de 2011
27 de mayo de 2011
Un problema de raíz...
Atrás había quedado el tiempo en que deseaba ser árbol. Ahora, al sentir el suave toque del viento, sólo anhelaba la libertad de las hojas...
Un problema de raíz...
Atrás había quedado el tiempo en que deseaba ser árbol. Ahora, al sentir el suave toque del viento, sólo anhelaba la libertad de las hojas...
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martes, 24 de mayo de 2011
24 de mayo de 2011Después del asalto...
Un pugilista cae a la lona luego del certero ataque propinado por su contrincante. Uno, dos, tres... Aturdido, sólo alcanza a abrir los ojos para ubicar el rostro de su oponente, cuatro, cinco, seis, pero vuelve a caer en una pérdida completa de conciencia.
Abre los ojos, cierra los puños. Prosigue la cuenta que ya no escucha. Siete... Recién salido de su sopor, divisa un rostro. Lo mide, lo tantea y ataca con todas sus fuerzas. Ocho, nueve...
En la enfermería, un hombre de pantalón blanco cae inconsciente... ¡Diez!
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24 de mayo de 2011Ni sus luces...
De noche, bajo la luz de la calle, dos señoras que terminan su jornada laboral se encuentran esperando el autobús que las lleve a casa. Aunque agotadas, su semblante es alegre, seguro por el gusto de encontrar un rostro conocido y amigable a estas alturas del día. Luego del saludo, las mujeres abordan su transporte y yo subo tras ellas.
Las pierdo de vista, pero sus voces comienzan a resonar dentro del vehículo: tímidas al principio, mientras hablan de ellas, de cómo han estado y qué han hecho en este tiempo; levantan la voz, cuando se interpelan por la falta comunicación, y se tornan estridentes al final, cuando la burbuja que era su mundo compartido explota y dan comienzo a una larga perorata sobre aquellos conocidos que no están ahí. Las voces se transforman en el proceso. No es sólo el gradual aumento en decibeles, es una metamorfosis que opera en ellas: primero son voces claras, luego sonidos nasales que poco a poco cambian a algo gutural.
Me distraigo; dejo de prestar atención a aquellas voces que iluminaron aún más la noche y de pronto sólo percibo algo parecido a un ruidoso susurro, si es que vale la expresión. El conductor apaga las luces, última parada, grita. Dejo mi asiento y abandono el autobús. Al bajar, dos cucarachas apresuran el paso, como si también hubieran entendido el llamado. Mientras camino por la calle, me pregunto qué habrá sido de las señoras, de las cuales no quedaron si sus luces...
Las pierdo de vista, pero sus voces comienzan a resonar dentro del vehículo: tímidas al principio, mientras hablan de ellas, de cómo han estado y qué han hecho en este tiempo; levantan la voz, cuando se interpelan por la falta comunicación, y se tornan estridentes al final, cuando la burbuja que era su mundo compartido explota y dan comienzo a una larga perorata sobre aquellos conocidos que no están ahí. Las voces se transforman en el proceso. No es sólo el gradual aumento en decibeles, es una metamorfosis que opera en ellas: primero son voces claras, luego sonidos nasales que poco a poco cambian a algo gutural.
Me distraigo; dejo de prestar atención a aquellas voces que iluminaron aún más la noche y de pronto sólo percibo algo parecido a un ruidoso susurro, si es que vale la expresión. El conductor apaga las luces, última parada, grita. Dejo mi asiento y abandono el autobús. Al bajar, dos cucarachas apresuran el paso, como si también hubieran entendido el llamado. Mientras camino por la calle, me pregunto qué habrá sido de las señoras, de las cuales no quedaron si sus luces...
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viernes, 20 de mayo de 2011
20 de mayo de 2011Manos a la obra
Un día cualquiera un hombre conoce a una mujer de la manera más inusual que pudiera imaginarse. En una esquina de una calle, el hombre mira al suelo mientras espera que los vehículos den paso a los peatones. Basta con virar la cabeza un poco para notar entre decenas de zapatos un par de pies desnudos, blanquecinos, y enamorarse de aquellos dedos de forma irregular, los más bellos que el hombre pudo haber visto en su vida. Levanta la mirada, la dueña de esos dedos sigue ahí; el hombre voltea al frente y en un parpadeo la luz cambia dando el paso a aquellos que esperan seguir adelante. La chica avanza; el hombre se queda quieto. Mientras ella pone un pie delante del otro, él debe poner manos a la obra: una silla de ruedas nunca avanza por sí sola...
Un día cualquiera un hombre conoce a una mujer de la manera más inusual que pudiera imaginarse. En una esquina de una calle, el hombre mira al suelo mientras espera que los vehículos den paso a los peatones. Basta con virar la cabeza un poco para notar entre decenas de zapatos un par de pies desnudos, blanquecinos, y enamorarse de aquellos dedos de forma irregular, los más bellos que el hombre pudo haber visto en su vida. Levanta la mirada, la dueña de esos dedos sigue ahí; el hombre voltea al frente y en un parpadeo la luz cambia dando el paso a aquellos que esperan seguir adelante. La chica avanza; el hombre se queda quieto. Mientras ella pone un pie delante del otro, él debe poner manos a la obra: una silla de ruedas nunca avanza por sí sola...
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viernes, 8 de abril de 2011
Estamos hasta la madre... ¿Y?
Es mucho lo que hasta el día de hoy se ha escrito sobre el homicidio del hijo del poeta y periodista Javier Sicilia. Es mucho también lo que se ha escrito sobre la marcha que convocó el escritor para indicarle a nuestro gobierno que estamos hasta la madre. También somos muchos los que, como el poeta, estamos hartos de una guerra inútil que sólo ha traído muerte, pero... ¿Cuánto tiempo hemos dedicado a la reflexión de por qué estamos en esta situación?
¿Qué hicimos para llegar a dónde estamos? ¿Qué dejamos de hacer para que apenas hoy nos ocupemos de ello? ¿Por qué carajos no salimos a tomar las calles el 6 de diciembre del 2006, el día que se decretó la guerra contra el narco? ¿Por qué no salimos a tomar las calles antes, para indicarle al mundo que estábamos inconformes con los resultados de una elección sucia? ¿Por qué nos asustamos ahora si el hombre que nos gobierna siempre usó en su discurso las palabras “fuerza”, violencia” y “guerra”?
¿Somos tan ingenuos como para pensar que con una marcha vamos a parar la caja de Pandora? ¿Para pensar que vestidos de blanco vamos a hacer que el presidente se levante de su silla y diga: “No más sangre”?
Somos los culpables directos del México que tenemos. Somos los culpables de los más de 30 mil muertos que lleva esta guerra. Somos responsables de Ciudad Juárez, del Estado de México, de Sinaloa y de Tijuana. Somos responsables del hijo de Javier Sicilia y de los migrantes centroamericanos. Somos responsables del Chapo y de Felipe Calderón. Responsables de nosotros mismos. De elegir marchar un 6 de abril o de votar un 6 de julio. De levantarnos ahora o el día que nos maten un hijo, un tío o un padre.
Y mientras no nos hagamos responsables de nuestros errores, todo seguirá igual...
Es mucho lo que hasta el día de hoy se ha escrito sobre el homicidio del hijo del poeta y periodista Javier Sicilia. Es mucho también lo que se ha escrito sobre la marcha que convocó el escritor para indicarle a nuestro gobierno que estamos hasta la madre. También somos muchos los que, como el poeta, estamos hartos de una guerra inútil que sólo ha traído muerte, pero... ¿Cuánto tiempo hemos dedicado a la reflexión de por qué estamos en esta situación?
¿Qué hicimos para llegar a dónde estamos? ¿Qué dejamos de hacer para que apenas hoy nos ocupemos de ello? ¿Por qué carajos no salimos a tomar las calles el 6 de diciembre del 2006, el día que se decretó la guerra contra el narco? ¿Por qué no salimos a tomar las calles antes, para indicarle al mundo que estábamos inconformes con los resultados de una elección sucia? ¿Por qué nos asustamos ahora si el hombre que nos gobierna siempre usó en su discurso las palabras “fuerza”, violencia” y “guerra”?
¿Somos tan ingenuos como para pensar que con una marcha vamos a parar la caja de Pandora? ¿Para pensar que vestidos de blanco vamos a hacer que el presidente se levante de su silla y diga: “No más sangre”?
Somos los culpables directos del México que tenemos. Somos los culpables de los más de 30 mil muertos que lleva esta guerra. Somos responsables de Ciudad Juárez, del Estado de México, de Sinaloa y de Tijuana. Somos responsables del hijo de Javier Sicilia y de los migrantes centroamericanos. Somos responsables del Chapo y de Felipe Calderón. Responsables de nosotros mismos. De elegir marchar un 6 de abril o de votar un 6 de julio. De levantarnos ahora o el día que nos maten un hijo, un tío o un padre.
Y mientras no nos hagamos responsables de nuestros errores, todo seguirá igual...
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Crónicas del subdesarrollo mental
domingo, 16 de mayo de 2010
10 de mayo de 2010 Destierros voluntarios
Hay libros que por derecho propio se ganan la categoría de inmortales. Lo hacen por el conocimiento que contienen, porque hacen que uno se descubra y se rehaga página tras página y línea tras línea. Hay libros que son como la vida, y hay vidas que ni siquiera merecen ser contadas: son insulsas, soeces, dignas del olvido. Hay vidas y hay momentos que merecen la inmortalidad que brinda la más pálida de la tintas y hay personas tan efímeras que ni siquiera merecen una línea escrita sobre las dunas del desierto...
Pienso en los libros inmortales, insoportablemente leves, y trato de compararlos con aquellas vidas que merecen que una pálida tinta trate de inmortalizarlas. Pienso en mi abuelo, por ejemplo. Pienso en tu vida y en mi vida, en los dimes y diretes, y recuerdo de pronto ese libro que es sabiduría hecha ficción. Pienso en Sabina traicionando a su patria, llena de personas que levantan el índice en un tono acusatorio; pienso en la derrota y los reproches: tu única arma disponible para tratar que el mundo gravite sobre ti.
Me pierdo en la idea de la patria, el lugar del padre y del abuelo. Cuando pienso en lo poco que nos hermana siento vértigo: soy de pronto un personaje de Kundera hambriento de traición; me vuelvo insoportablemente leve y me alejo del lugar paterno, de esa patria que a veces me repugna por estar plagada de personas como tú: hambrientas de protagonismo.
Reniego de mi patria porque no amo esa bandera cuyo reverso es el de la hipocresía. El amor de mi abuelo que fue nave y fue bandera fue corrompido por reclamos tan absurdos como innecesarios. Ahora hago astillas de ese amor para naufragar a mi manera, para traicionar y alejarme de lo que me incomoda, aún a sabiendas que esa traición original me alejará más y más de esa playa que llamamos la familia. Prefiero navegar un tiempo a la deriva en los despojos de esa nave que fue amor que hacerlo en mala compañía.
Hay libros que por derecho propio se ganan la categoría de inmortales. Lo hacen por el conocimiento que contienen, porque hacen que uno se descubra y se rehaga página tras página y línea tras línea. Hay libros que son como la vida, y hay vidas que ni siquiera merecen ser contadas: son insulsas, soeces, dignas del olvido. Hay vidas y hay momentos que merecen la inmortalidad que brinda la más pálida de la tintas y hay personas tan efímeras que ni siquiera merecen una línea escrita sobre las dunas del desierto...
Pienso en los libros inmortales, insoportablemente leves, y trato de compararlos con aquellas vidas que merecen que una pálida tinta trate de inmortalizarlas. Pienso en mi abuelo, por ejemplo. Pienso en tu vida y en mi vida, en los dimes y diretes, y recuerdo de pronto ese libro que es sabiduría hecha ficción. Pienso en Sabina traicionando a su patria, llena de personas que levantan el índice en un tono acusatorio; pienso en la derrota y los reproches: tu única arma disponible para tratar que el mundo gravite sobre ti.
Me pierdo en la idea de la patria, el lugar del padre y del abuelo. Cuando pienso en lo poco que nos hermana siento vértigo: soy de pronto un personaje de Kundera hambriento de traición; me vuelvo insoportablemente leve y me alejo del lugar paterno, de esa patria que a veces me repugna por estar plagada de personas como tú: hambrientas de protagonismo.

Reniego de mi patria porque no amo esa bandera cuyo reverso es el de la hipocresía. El amor de mi abuelo que fue nave y fue bandera fue corrompido por reclamos tan absurdos como innecesarios. Ahora hago astillas de ese amor para naufragar a mi manera, para traicionar y alejarme de lo que me incomoda, aún a sabiendas que esa traición original me alejará más y más de esa playa que llamamos la familia. Prefiero navegar un tiempo a la deriva en los despojos de esa nave que fue amor que hacerlo en mala compañía.
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domingo, 9 de mayo de 2010
07 de mayo de 2010In memoriam...
Poco a poco la imagen va cediendo al paso del tiempo. La memoria es una débil aliada cuando se trata de fijar los recuerdos en la mente: idealizamos el momento, elegimos qué guardar y qué olvidar. La memoria es más bien la narración de nuestra historia...
***
De tu funeral recuerdo una puerta cerrándose tras de ti. Ahí se fue una parte de mí, de ti y de tu familia. Quedamos nosotros, quienes de entre tus cenizas tendremos que armar nuestros recuerdos. Los míos, si bien no son tan dolorosos, tampoco son tan gratos.
Incluyen el mal sabor de boca que dejan los hijos de puta que rechazan un abrazo, un gesto de cariño; de aquellos que no sienten compasión por un dolor compartido. De aquellos que en nombre de tu amor y tu memoria alzan la bandera de la hipocresía: hambrientos de un protagonismo fuera de lugar, levantando los pulgares para brindar la clemencia que cual césares se sienten autorizados a brindar, enviando al matadero a quienes no son favoritos de esa élite que ellos representan.
Queda el dolor en el pecho, pero queda también la calma de quienes aprovechamos tus últimos momentos de vida. Queda tu mano alrededor de la mía, extensión de tu cuerpo hecho uno con la cama donde de seguro falleciste. La despedida silenciosa, el tejido invisible de nuestras miradas. Un suspiro eterno, el llamado a quienes no pudiste ver y mucho menos nombrar, porque en ello se te iba la vida... Esa era la sensación de tu mano entre las mías.
Poco a poco la imagen va cediendo al paso del tiempo. La memoria es una débil aliada cuando se trata de fijar los recuerdos en la mente: idealizamos el momento, elegimos qué guardar y qué olvidar. La memoria es más bien la narración de nuestra historia...
***
De tu funeral recuerdo una puerta cerrándose tras de ti. Ahí se fue una parte de mí, de ti y de tu familia. Quedamos nosotros, quienes de entre tus cenizas tendremos que armar nuestros recuerdos. Los míos, si bien no son tan dolorosos, tampoco son tan gratos.
Incluyen el mal sabor de boca que dejan los hijos de puta que rechazan un abrazo, un gesto de cariño; de aquellos que no sienten compasión por un dolor compartido. De aquellos que en nombre de tu amor y tu memoria alzan la bandera de la hipocresía: hambrientos de un protagonismo fuera de lugar, levantando los pulgares para brindar la clemencia que cual césares se sienten autorizados a brindar, enviando al matadero a quienes no son favoritos de esa élite que ellos representan.
Queda el dolor en el pecho, pero queda también la calma de quienes aprovechamos tus últimos momentos de vida. Queda tu mano alrededor de la mía, extensión de tu cuerpo hecho uno con la cama donde de seguro falleciste. La despedida silenciosa, el tejido invisible de nuestras miradas. Un suspiro eterno, el llamado a quienes no pudiste ver y mucho menos nombrar, porque en ello se te iba la vida... Esa era la sensación de tu mano entre las mías.
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